«A veces hace falta que la naturaleza ruja del otro lado del mundo para despertarnos.
Mirando la furia del agua y el desmoronamiento de la tierra, escribí estos versos sobre la arrogancia humana, las jaulas de cristal y las mentiras sobre las que a veces construimos nuestras vidas»
ACTO I
EL LEÓN EN LA JAULA DE CRISTAL
Creímos que el cemento era más fuerte que el instinto.
Le pusimos cadenas al viento,
trazamos líneas rectas sobre montañas que nacieron curvas,
encerramos los ríos entre muros
y levantamos nuestras certezas
sobre una tierra que jamás dejó de estar viva.
Encerramos al león en una jaula de cristal.
Qué ciegos fuimos
al confundir su silencio con domesticación,
cuando en realidad
solo estaba esperando su momento.
Nos creímos dueños del suelo y del tiempo.
Confundimos construir con dominar.
Arrancamos raíces, desviamos caminos,
levantamos nuestras obras
sin escuchar lo que había debajo.
Pero la tierra tiene memoria.
El agua recuerda su cauce.
La montaña guarda sus movimientos.
Y lo salvaje, aunque permanezca en silencio,
jamás deja de ser salvaje.
Porque nuestras reglas
no son más fuertes que la gravedad,
ni nuestros muros
pueden obligar a la tierra a olvidar.
Tal vez ese sea el precio de nuestra arrogancia:
descubrir que el cemento puede quebrarse,
que el vidrio puede hacerse polvo
y que aquello que creíamos eterno
era apenas una ilusión.
El león nunca estuvo domesticado.
Solo estaba detrás del cristal.
Esperando.
Sin darnos cuenta
de que nosotros también estábamos dentro de la jaula.

