Tengo el recuerdo muy vívido del día que decidí volver a llorar.
Por mucho tiempo reservé mis lágrimas para la soledad. Llorar para mí era un acto de vergüenza
silenciosa y solitaria, que era mejor hacerlo en privado, encerrada, donde no se escuchara nada.
Llorar era un sinónimo de insuficiencia, como si hubiera algo malo en mí, como si el llanto
estuviera reservado para personas que merecen ese consuelo, y yo por mucho tiempo no conocí
el poder redentor del quebrarse de la voz al contar lo que más dolía.
Y como todo en esta vida nos alcanza, un día, sentada en una sala frente a una desconocida, dije
tres palabras.
Yo estoy aquí por…
y al querer terminar la cuarta palabra, sentí cómo cada sílaba se quebraba y se desbordaba cada
una de las cosas que había cargado conmigo por tanto tiempo. Eran tantas cosas, muchas
ajenas, otras tan cercanas, y yo solo podía sentir cómo con cada lágrima desaparecían cada una
de ellas.
Desde ese día no volví a dudar del poder sanador del llanto y lo he llevado conmigo con orgullo,
como una medalla simbólica de existir. Llevo el llanto conmigo para bien, para mal, para el dolor,
para el amor e inevitablemente también lo he llevado para el enojo.
El llorar es una forma de resistir al dolor. Pero ahora me pregunto si es suficiente.
¿Qué hace el cuerpo cuando llorar no es suficiente?
Cuando las lágrimas se acaban, el dolor se siente diferente, como un suspiro largo, eterno, que
empieza desde el centro de tu cuerpo, haciéndote inhalar cada una de las cosas que alguna vez
formaron parte de ti, y sientes cómo lentamente algunas se van colocando en su sitio, y exhalas
sin prisa todo eso que ya no quieres volver a sentir.
A veces el cuerpo se rinde y no pasa nada. Convives en un silencio arrasador y una oscuridad tan
profunda que no distingues si tus ojos siguen abiertos.
Escuchas, pero no hablas. Y empiezas a alinear palabras ajenas. Escoges qué es para ti y qué no,
hasta que el sonido se desvanece, se pierde en el bullicio de todo lo que sigue girando sin ti.
Desde afuera todo se ve como una pausa, lenta y pasiva, pero por dentro el cuerpo no se detiene.
Comienza a reconocer, a reacomodar, a quitar y a poner todo, hasta que cada cosa encuentra el
lugar donde debe estar.
No toda metamorfosis es estridente, pero todo lo que duele siempre encuentra una manera de
salir, a veces en lágrimas, a veces en silencio y a veces sin saber cómo, ni entenderlo del todo.
Porque el cuerpo sabe lo que hace,
incluso cuando tú no.

