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Redención. Por Marianela Useche Barrios

Redención Marianela Useche Barrios

La habitación estaba decorada con una fotografía suya. Se la llevó su madrina
apenas supo que podía ingresar objetos personales. La imagen estaba enmarcada sobre una
tabla de madera cubierta de resina para mayor protección. En ese momento contaba dos
años de edad, los primeros terribles dos años. Vestido de guayabera y con una media
sonrisa que realzaba la picardía de sus ojos verdes, señalaba con su diminuto índice al
frente. ¿Qué diría en ese momento? Ya ni su madre lo recordaba ¡Cómo le gustaba esa foto!
Ahí parecía un niño bueno.


Una habitación podía tener diferentes formas. Quizá la más común era un cubo:
simétrico y perfecto. Sin embargo, en algunas estructuras habitacionales predominaba el
paralelepípedo, con suficiente espacio para un catre del mismo concreto y una reja
panorámica. En este caso, lo que había que mirar no estaba afuera sino adentro: una imagen
de culpa, mala maña y redención. Predominaba un clima tenso ya que todo el panal
rectangular cargaba la penumbra andante de seres confundidos con el frío de las paredes
grises.


Solía despertarse antes de que el celador tocara la alarma. Pocos placeres se sienten
cuando la libertad ha sido empeñada. Su disfrute de la oscuridad, que gradualmente traía el
canto de un gallo, el pájaro paují o los gritos desenfrenados de loros en asamblea matutina;
le recordaban al liceo. Esos días en que la Evelinda lo despertaba a punta de tazas de agua y
gritos, porque ya era hora de “irse pa’l liceo, porque tienes que estudiar”. Le repetía a diario
que ella “vagos no quería”. También le decía: “que tenía sangre del primer mundo, de
blanco musiú” y por eso “tenía que echár pa’ lante”. Y sí, había echado para adelante: tenía

fama, poder y negocios, aunque no del tipo lícito. Esa madrugada la orquesta de aves
sonaba diferente, más bien indiferente.


Una caja de cimientos erguida sobre voces punitivas acunaba la violencia de la
despreocupación. A pesar de su altura era capaz de verse como un agujero de escombros y
desechos. Estas estructuras de precisión geométrica diferían de la imperfección en el
comportamiento que congregaba a sus habitantes. Comunidad de paso, de años, de
instantes, de vida y de muerte: una hermandad de sentencias cuyo existir circundaba la fosa
de un mañana igual al ayer, al hoy, al… ¿Qué importa?


Se levantaba haciendo el mismo gesto de la fotografía, señalándose a sí mismo. Con
un guiño cómplice recibía la aprobación de aquel pequeño infante congelado en un retrato.
Se ajustaba no solo los zapatos, sino también un bolso a la cintura con tres cierres, cargado
de municiones y alguna que otra granada. La Ak-47 iba al hombro y un revolver simple
nueve milímetros en la pretina de la bermuda. Acomodaba sus ondas castañas, que le
conferían un toque de seductora autoridad, con pasos ágiles y mirada despiadada. Era un
escáner disciplinario en el recorrido de los pasillos. Ese día la rutina tenía un aire de
quiebre. Su guiño parecía cristalizado con el fondo de las cuarteadas pupilas.


Pasillos simétricos y nada indescifrables. Una originalidad inexistente para la
identificación de pabellones y celdas, con letra más número. Alfabeto más conteo ordinal,
imperaban el orden de la sencillez como quien se desprende de los laberintos de las
escaleras que suben a los cerros. Todo era plano, sencillo, fácil: pabellón C, pasillo tres,
celda veintiuno.


Le gustaba verificar por sí mismo. En el mundo de las catacumbas, lo primero que
se aprendía era la desconfianza. Y algunos de sus perros rendían culto a la pereza,
especialmente aquellos fulanos que no fueron temprano al liceo. Machitos incapaces de
aplicar las órdenes, convirtiéndose en rebeldes sin rumbo. En el ir y venir de sus pasos, se
encontraba con uno, a veces con dos, de los custodios. Cruzaban miradas. Su estatura le
otorgaba poderío, los miraba por debajo del hombro. Pensaba que al ser indiferente a esa
autoridad podía imponer la suya. Dado el rito de control, el custodio no reparó en que, en
ese momento, él no volteó a mirarlo. Su tamaño no dejó sospechas, aunque caminaba en
letargo.


La mayoría de estos paralelepípedos estaban ocupados por cuatro o cinco cuerpos
masculinos con un propósito fallido: burlar a la autoridad. Una vez dentro, todos
compartían el sudor añejo de un mal baño y el botín de cigarrillos o alimentos que, en
ausencia de una madre, esposa o hermana, servían de caricia. Todos eran causa o
consecuencia que se acompañaría por no más de treinta años. Aunque algunos caían por
cinco años, se iban y regresaban por once o doce más, transformando el castigo en una zona
de confort asegurada. Otros, en cambio, contaban los días para salir antes de tiempo y no
volver.


Tenía por costumbre no tomar el desayuno con el resto de la población. Por
principio, solo se exponía lo necesario para que recordaran su nombre y respetaran su
rostro. El rango adquirido le concedía privilegios para estar en un círculo cerrado. Su gente
de prueba, de lealtad transitoria, conformaba un gabinete de apoyo para las cuentas y el

control. El desayuno se convertía en una junta informativa: —¿Quiénes faltan por pagar la
cuota? —¿Quién es la mujer que visitó al Chato Tabaco, su mujer? —Me gusta, como para
mí. —¿Consiguieron los juguetes para los niños? —¿Ya contactaron a mi mamá? Toda
interrogante exigía certeza. Oía las respuestas; sin embargo, quedaba rumiando en su
mente: “No, jefe. Su mamá no contestó”.


En aparente igualdad de condena, el espacio geométrico tenía estratos. Dentro de los
muros el poder se movía en dosis de plomo. Monarcas de infancia destruida, con hierros en
las manos que disparaban suplicas de atención. Reyes de palacios impuros nutridos de
indecencia, únicamente vistos al levantar la alfombra de la sociedad. Amantes de la libertad
que ya habían perdido, se aferraban a la exclusividad del propio paralelepípedo como amos
de la privacidad que ofrecía el claustro.


No se sentían los siete años, nueve meses y tres días, de quince años que tenía por
sentencia. El dictamen de aquel Juez Superior fue determinante. Aunque era la primera
condena, no se iba a menguar por el fallo judicial. No tenía otro destino sino “echar
pa’lante”. Llegó en tiempos de deuterofobia, pero no tuvo miedo al inicio de una etapa no
menor a la gloria. Era un estratega en los laberintos del poder. Sabía de cansancio, de
frustración. Esos muros eran un núcleo perdido del barrio, un territorio conocido por sus
pies descalzos. Montarse en el carro no le costó más que una bala en la frente dormida del
anterior soberano. “No, jefe, su mamá no contestó” Esa era la constante que le hacía
rechinar los dientes y endurecer la mandíbula desde hacía siete semanas.


Como en todo imperio, existían surcos abajo, un grueso de cuerpos y mentes que
formaban un océano temeroso de las reglas. Cada día, ese mar deshumanizado se
agrandaba. El inicio de la semana solía ser concurrido. El rebaño de la inobediencia
permanecía contra la pared, en cualquier posición que les permitiera mantenerse despiertos,
mudos, agonizantes y más invisibles que de costumbre, perdiendo identidad por el antojo
del monarca, quien les asignaba apodos. Pávidos por las obligaciones que les tocaba
cumplir apenas ingresaban, y menguados ante ojos fiscalizantes que traspasaban el
pensamiento, eran incapaces de rebelarse contra el carro vigilante, aunque afuera habían
quebraron el orden social.


Era un hombre de veintiocho años y de carácter meritorio. Hablaba lo necesario,
preguntaba lo específico e injuriaba lo inaceptable. En el transcurso del día, este trígono de
palabras fortalecía su régimen, paralizaba a la población, incluidos los canes. Siempre
erguido, miraba con esos ojos verdes que eran granadas en explosión, un verde agudo: el
del viejo continente. Fue la esperanza de la madre para mejorar la raza cuando se ofrendó al
colono español con la promesa de salir del barrio, pero terminó en la deserción de otra
barriga bastarda. Su madre, su pilar. Su padre, un fantasma. Su madre, la que no contestaba,
la que necesita para que le diera fuerzas.


La convivencia podía parecer un caldo de protozoarios: agar y sangre, carne y agua
estancada. Solo eran visibles a quienes los estudiaban, cuidaban o defendían. Y aun así
únicamente podían ser vistos en horarios y condiciones limitadas. Aquellos que los
estudiaban tenían horario de oficina, conversaban con ellos, leían sus expedientes,
analizaban soluciones a su pena; otras veces, los despreciaban. Mujeres y hombres

profesionales dedicaban tiempo a la vida ajena, escudriñando los pasos turbios,
comprendiendo o juzgando el pasado que les tocó vivir. Eruditos de la vida urbana y las
oportunidades salariales, se sentaban en sus escritorios a escuchar tantas historias. Algunas
habían sido inventadas (era mejor no decir la verdad), otras eran verdades a medias y, en
ocasiones, enfrentaban hemorragias de honestidad porque deseaban ser percibidos al oído
humano: necesitaban sentir que existían.


Nadie era capaz de increparlo con preguntas, mucho menos de cuestionarlo. Él, era
el único autorizado para llevar a cabo interrogatorios sin permitirles dudar, acogerse al
derecho del silencio ni, mucho menos mentir. Ninguno quería el castigo. Habían pasado
tres meses desde la última visita de Evelinda, su madre. Se montaron ocho semanas desde
que lo llamó para avisarle que tenía fiebre, pero que no se preocupara.


Quienes los cuidaban eran, en su mayoría, mujeres. Según el caso, eran madres,
esposas, hermanas, hijas o quizá nuevas conquistas que se convencían de fidelidad en el
encierro. Gozaban la protección femenina, su misericordia y compasión. El perdón que les
redimía del error cometido (porque siempre era un error) ofrecía la esperanza de aprender
lecciones y de no volverlo a hacer. Pero adentro se hacía mucho más que afuera. Eran
mujeres comprometidas como Magdalenas, dispuestas a complacer y llevar sabores de
fogón casero, tabacos para sobrellevar el tiempo, cuentos de la vida familiar que no
compartían y, en días específicos, el deleite de sus cuerpos para recordar el amor.


En su autoridad, solo había una ocupación que no podía controlar: las boletas de
notificación. Nunca esperaba a su nombre esa correspondencia de palomos mensajeros con

corbata y maletín que, al final del día, traía agonía, rabia o felicidad absoluta, pero ese día
llegó. ¡Por fin, Evelinda contestó!


Finalmente, estaban quienes los defendían: letrados de chaqueta y corbata o
notables de blazer y tacón. La defensa, como derecho, quedaba siempre en un nombre
escrito sobre papel, de quienes hacían lo posible, pero no lo suficiente.


Descargó su desconsuelo con disparos al aire. Una secuencia infinita de proyectiles
hacía eco en su corazón desgarrado, acallando gritos y llanto. Sus cortesanos, pálidos,
recogieron el papel arrugado rodeado de casquillos. Al leerlo, se sumaron al himno fúnebre
en un coro de gatillos. La población corrió sin armonía en todas las direcciones, esquivando
las balas para salvaguardar la vida. A él, poco le importaba si mataba o hería. Nada tenía
sentido.
Evelinda no contestó. Estaba muerta.

Paloma De Las Casas
Marianela Useche Barrios

Redención
Un hombre privado de libertad, goza de poder, control y miedo por parte de sus compañeros de cárcel. Parece que no tuviera sentimientos, que nada lo quebrara por dos, implacable. Observa el día a día de la vida oculta intramuros de una cárcel, su trabajo y su rutina, pero solo hay una cosa que lo puede perturbar.
Es un cuento de narrativa corta que concursó en la edición de concursos de cuentos de El Nacional de 2025. 

Autor

  • Mujer venezolana, apasionada de la lectura y la escritura, comenzó a escribir versos y estrofas desde los 8 años, en un pequeño diario que le regaló su padre. Se graduó de Abogada y Politóloga en la Universidad de Los Andes. Ha dedicado su vida profesional al área de los derechos humanos. Recientemente ha encontrado en la narrativa un bálsamo para la vida, aquellas que duelen, que indignan, que sueñan; vidas que merecen ser contadas.

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